El movimiento subraya el papel central que este portaviones desempeña en la proyección militar de Estados Unidos en escenarios geopolíticos diversos. Durante su despliegue en el Caribe, aeronaves que operan desde su cubierta participaron en el operativo del 3 de enero que culminó con un ataque en Caracas y la detención del líder venezolano Nicolás Maduro, según reportes oficiales. Con la nueva orden de navegación, el buque se integra a la acumulación de fuerzas navales estadounidenses en el Golfo Pérsico.
Un gigante tecnológico en el mar
El Gerald R. Ford representa un salto tecnológico frente a generaciones anteriores de portaviones. Con cerca de 100.000 toneladas de desplazamiento y 334 metros de eslora, supera en tamaño y capacidad a la anterior clase Nimitz. Su cubierta de vuelo puede albergar más de 75 aeronaves y suele operar con un ala aérea de entre 60 y 70 aparatos, lo que le permite sostener operaciones prolongadas.
Entre sus principales innovaciones destaca el Sistema Electromagnético de Lanzamiento de Aeronaves (EMALS), que sustituye las catapultas de vapor tradicionales y permite despegues más precisos y con menor desgaste mecánico. Gracias a ello, el buque puede realizar hasta 160 salidas aéreas diarias, una cifra superior a la de portaviones más antiguos. Su ala aérea incluye cazas F/A-18 Super Hornet, aeronaves de guerra electrónica EA-18G Growler, aviones de alerta temprana E-2D Hawkeye y helicópteros MH-60 Seahawk.
La tripulación total ronda los 4.500 efectivos, una cifra menor que en modelos previos debido al alto nivel de automatización de sus sistemas. Además, sus reactores nucleares A1B le proporcionan autonomía prácticamente ilimitada, eliminando la necesidad de repostar combustible durante su vida útil estimada de 50 años.
El coste de construcción del buque superó los 13.000 millones de dólares, lo que lo convierte en el navío de guerra más caro jamás construido. Entró oficialmente en servicio en 2017 tras varios años de pruebas y ajustes técnicos.
Señal estratégica hacia Irán
El traslado hacia Oriente Medio coincide con negociaciones indirectas entre Washington y Irán que tuvieron lugar en Omán la semana pasada. Sin embargo, el presidente estadounidense Donald Trump ha reiterado advertencias públicas señalando que la falta de un acuerdo podría traer consecuencias “muy traumáticas”. El envío del portaviones refuerza ese mensaje diplomático y militar.
El Ford se sumará a una flota que ya opera en la región, incluida la presencia del USS Abraham Lincoln, acompañado de destructores con misiles guiados. La acumulación de poder naval aumenta significativamente la capacidad de respuesta de Estados Unidos en una zona estratégica para el comercio energético mundial.
Tres escenarios en menos de un año
En apenas ocho meses, el Gerald R. Ford ha pasado del Mediterráneo al Caribe y ahora al Golfo Pérsico, reflejando la versatilidad estratégica que Washington busca en su principal plataforma naval. Para su tripulación, la misión supone una larga permanencia en el mar que podría acercarse al año completo antes de regresar a puerto.
La concentración de fuerza en la región deja claro que Estados Unidos mantiene abiertas múltiples opciones —desde la diplomacia hasta la disuasión militar— mientras negocia con Teherán. En ese tablero, el Gerald R. Ford no es solo un buque: es la manifestación más visible del poder naval estadounidense y de su capacidad para influir en distintos escenarios globales casi sin pausa.

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