*La historia de Aura Hernández, sobreviviente del conflicto y paciente con cáncer, refleja el impacto transformador del comedor que lidera Yanet Lara, una mujer que ha hecho de la solidaridad su forma de vida.
Por GERMAN AGÁMEZ
A punto de cumplir siete años de funcionamiento, el Comedor Comunitario Yanet Lara, ubicado en el barrio Villas de San Pablo, en Barranquilla, se ha convertido en mucho más que un espacio para la entrega de alimentos. Es, en palabras de su fundadora y líder social, Yanet Lara, un refugio de amor, bienestar, dignidad y compañía para decenas de adultos mayores que han encontrado allí un nuevo sentido a sus vidas.
“Cada día recibo abrazos sinceros, miradas llenas de gratitud, y palabras que me llegan al alma. Son gestos que me recuerdan por qué empecé este proyecto”, afirma Yanet, mientras recuerda los inicios humildes del comedor, cuando apenas repartía una hayaca a un pequeño grupo de personas mayores.
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Aura Hernández en compañía de Anselmo Polo. |
“Conocí a Aura hace siete años, por casualidad, en una reunión. Estábamos empezando el comedor y la invité a unirse. Ella me compartió su historia, una vida muy difícil, marcada por el sufrimiento y la enfermedad. Pero desde que llegó al comedor, su vida cambió por completo”, relata Yanet.
Aura, quien al principio apenas podía hablar por el impacto emocional de su enfermedad, empezó poco a poco a recobrar la alegría, la vitalidad y la autoestima, gracias a las actividades recreativas, culturales y de integración que se promueven en el comedor.
“Hoy la veo hablar con fluidez, participar activamente en todas las actividades, y hasta la vi bailar recientemente en el festival de artes que organizamos. Antes de subir a la tarima, me dijo algo que me hizo llorar: ‘Yanet, si me llego a morir hoy, me voy satisfecha. Estos siete años en el comedor han sido mi terapia. Aquí me olvido de que estoy enferma. Me siento viva’”, recuerda con emoción la líder social.
Esa frase, para Yanet, fue más que un reconocimiento. Fue un impulso para seguir adelante. “Aura es mi motor de vida. Ella me inspira cada día a tocar puertas, a gestionar recursos, a no desfallecer, porque sé que este lugar significa esperanza para personas como ella”, asegura.
El Comedor Comunitario Yanet Lara no solo entrega alimentos. Es un espacio de transformación humana. Junto a su compañera de lucha, Dioselina Díaz, Yanet ha construido una red de apoyo que ha ayudado a muchas personas mayores a reconectarse con su valor, su alegría y su propósito, en medio de realidades duras que incluyen enfermedades, abandono familiar y secuelas del conflicto.
“Ver a Aura bailar en la tarima, con esa sonrisa, con esa energía, fue como ver un milagro. Me abrazó y me dijo: ‘Señora Yanet, usted sabe que yo la quiero mucho’. Yo le respondí que también la quiero y que ella es la razón por la que sigo aquí”, relata con orgullo.
A sus casi 80 años, Aura sigue asistiendo con entusiasmo al comedor. Cuando regresa de sus citas médicas, visita a Yanet para contarle las noticias, pero siempre con una actitud positiva. “Me dice: ‘Aunque estoy en etapa cuatro, yo todavía estoy viva. Y donde usted vaya, yo la sigo’. Esas palabras me llenan de energía”, concluye Yanet.
El próximo mes de septiembre, el comedor celebrará sus siete años de existencia con actividades especiales para sus beneficiarios, recordando que el amor y la solidaridad también alimentan. La historia de Yanet y Aura es testimonio vivo de que una acción desinteresada puede cambiar destinos, y de que, incluso en medio del dolor, la vida puede renacer con fuerza, si se cultiva con ternura y compromiso.
Más que un comedor, es un hogar emocional, donde cada plato servido va acompañado de escucha, comprensión y esperanza. Y en tiempos donde la indiferencia parece imponerse, experiencias como la de Yanet Lara demuestran que siempre hay lugar para la empatía y el amor al prójimo.
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