La ofensiva comenzó con una operación israelí dirigida a destruir instalaciones nucleares iraníes. Desde entonces, ambos países han intercambiado ataques diarios que han dejado cientos de muertos en Irán y decenas en Israel. El hospital Soroka, en el sur israelí, fue alcanzado por un misil iraní, dejando 71 heridos y provocando una condena internacional por el ataque a infraestructura médica.
En Irán, el éxodo es palpable. Más de 5.000 personas han abandonado sus hogares en busca de refugio, mientras las autopistas de salida de Teherán colapsan. “¿Por qué estamos pagando el precio de las decisiones del régimen?”, se preguntaba Arezou, una joven de 31 años que huyó a Lavasan tras el bombardeo de su vecindario.
Israel, por su parte, ha intensificado sus bombardeos sobre objetivos estratégicos en territorio iraní, incluyendo centros de investigación nuclear y plataformas de misiles. Según fuentes militares, el 30% de la capacidad balística iraní ya ha sido destruida.
Mientras tanto, Trump juega al enigma. “Puede que lo haga. Puede que no lo haga”, dijo sobre una posible intervención militar. Su silencio estratégico ha generado especulaciones sobre un inminente ataque con bombas antibúnker, capaces de penetrar las instalaciones subterráneas donde Irán enriquece uranio.
La diplomacia, aunque activa, parece insuficiente. Reuniones en Ginebra entre ministros europeos e iraníes buscan una salida negociada, pero el reloj avanza y los misiles no cesan.
Oriente Medio contiene el aliento. El mundo también.
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