La muerte del senador y precandidato presidencial colombiano Miguel Uribe Turbay conmocionó a Colombia y a buena parte del continente. El dirigente, de 39 años, falleció en la madrugada del lunes 11 de agosto tras más de dos meses hospitalizado, luego de las graves heridas sufridas en un atentado en Bogotá el pasado 7 de junio, cuando participaba en un mitin como parte de su campaña para la nominación presidencial del Centro Democrático rumbo a las elecciones de 2026.
El ataque, que le causó múltiples impactos de bala, lo
mantuvo en estado crítico durante semanas y fue interpretado por analistas y
líderes políticos como una alarmante señal del deterioro de la seguridad y el
aumento de la violencia política en la región.
Las reacciones internacionales no se hicieron esperar. En
Estados Unidos, el secretario de Estado Marco Rubio expresó estar “muy
entristecido” por la noticia y reiteró que Washington “acompaña en solidaridad
a su familia y al pueblo colombiano”, al tiempo que exigió justicia para los
responsables.
En Sudamérica, el Gobierno de Brasil condenó “vehemente
cualquier forma de violencia política” y envió condolencias a los allegados de
Uribe Turbay. Desde la arena política, Eduardo Bolsonaro calificó el hecho como
“lamentable” y lo vinculó a un “modus operandi político de la izquierda cuando
se siente amenazada de perder una elección”. Su hermano Carlos Bolsonaro fue
más lejos, acusando al presidente Luiz Inácio Lula da Silva de proteger al
“criminal” que perpetró el ataque, pese a que las investigaciones en Colombia
aún no han concluido.
Otros países manifestaron su pesar y preocupación. El
presidente de Paraguay, Santiago Peña, sostuvo que este crimen debe unir “con
más fuerza” al continente en la lucha contra el crimen organizado. El Gobierno
de Ecuador lamentó “profundamente” lo ocurrido y se sumó al llamado de unidad regional.
Perú, por su parte, reafirmó su condena a cualquier forma de violencia o
intimidación política que atente contra la democracia y el Estado de derecho.
En Centroamérica, Panamá exhortó a preservar el diálogo, la
tolerancia y el respeto como bases de la vida política. Costa Rica rechazó
“enérgicamente” el asesinato y destacó que enluta no solo a Colombia sino a
quienes valoran la democracia en la región. Desde Honduras, el canciller Javier
Bu condenó el uso de la violencia política y pidió que prevalezcan la unidad y
la paz en estos momentos de dolor.
Europa también se pronunció. El Gobierno de España recalcó
que la violencia “es inaceptable” en sociedades democráticas y envió
solidaridad a la familia del senador. El presidente del Partido Popular, Alberto
Núñez Feijóo, lo describió como un político “valiente” y “defensor de la
libertad”, mientras que el líder de Vox, Santiago Abascal, lo acusó de haber
sido asesinado por enfrentar al “lacayo de Nicolás Maduro” que, según él,
gobierna Colombia.
En Italia, el canciller Antonio Tajani expresó que su país
“se une al pueblo colombiano” y condenó “este atroz acto de violencia”,
enviando condolencias a la nación entera.
En Venezuela, la oposición reaccionó con contundencia. El
presidente electo Edmundo González Urrutia advirtió que el “autoritarismo y la
violencia” se extienden por la región, y lamentó que la vida de Uribe Turbay
fuera segada por la violencia política. María Corina Machado lo definió como un
“gran amigo, valiente, generoso y comprometido”, y afirmó que la mejor manera
de honrarlo es seguir luchando por la libertad de Colombia y Venezuela.
Leopoldo López señaló que fue víctima de quienes se sintieron amenazados por su
liderazgo.
En Chile, figuras de la derecha manifestaron su
indignación. La candidata Evelyn Matthei aseguró que “el terrorismo no vencerá”
y que la democracia siempre será más fuerte. En tono más confrontativo, el
candidato Johannes Kaiser atribuyó el crimen al “narcosocialismo” y defendió
que Uribe Turbay fue asesinado por “defender la ley, la libertad y la
decencia”.
Desde el ámbito multilateral, la subsecretaria general de
la ONU y directora regional del PNUD para América Latina y el Caribe, Michelle
Muschett, expresó condolencias al pueblo colombiano y reiteró el llamado del secretario
general de la ONU a garantizar elecciones nacionales pacíficas y seguras. Su
pronunciamiento reforzó la creciente preocupación internacional por la
protección de los procesos democráticos en el país.
La magnitud y diversidad de las reacciones evidencian la
relevancia política de Miguel Uribe Turbay y el temor compartido de que su
asesinato marque un punto de inflexión en la escalada de violencia política que
amenaza a América Latina. Para muchos, su muerte no solo representa la pérdida
de un joven líder con proyección presidencial, sino también un golpe al corazón
mismo de la democracia en la región.
En Colombia, el crimen reaviva el debate sobre la seguridad de los candidatos, el fortalecimiento de la justicia y la responsabilidad del Estado para prevenir ataques contra figuras políticas. En el exterior, líderes y gobiernos coinciden en que el asesinato de Uribe Turbay exige acciones urgentes para frenar la violencia y proteger la participación democrática.
Mientras la investigación continúa, la figura de Miguel
Uribe Turbay se consolida como símbolo de resistencia frente a la violencia
política. Sus partidarios y aliados aseguran que su legado perdurará como una
voz firme contra el crimen y en favor de la libertad. El reto, advierten
expertos, será convertir el duelo y la indignación en medidas concretas que
garanticen que ningún otro líder en la región deba pagar con su vida el precio
de la democracia.
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