El resultado, que parecía improbable hace apenas unos años, confirma el profundo deterioro deportivo de una de las selecciones más laureadas del mundo. Italia, cuatro veces campeona mundial, llegará a 16 años sin jugar una Copa del Mundo, una situación sin precedentes para una potencia histórica.
Un partido que se escapó
El equipo dirigido por Gennaro Gattuso había comenzado el encuentro con buenas sensaciones en Zenica. Un gol de Moise Kean en el primer tiempo le daba ventaja y control del partido, alimentando la ilusión de sellar la clasificación.
Sin embargo, el desarrollo cambió de forma abrupta tras la expulsión de Alessandro Bastoni, que dejó a Italia con diez jugadores en un momento clave. A partir de ahí, Bosnia ganó terreno, empujó con intensidad y encontró el empate gracias a Haris Tabakovic en el segundo tiempo.
El 1-1 llevó la definición a los penales, donde la presión terminó por desnudar las fragilidades italianas. Los fallos de Pio Esposito y Bryan Cristante fueron determinantes en la derrota 4-1, mientras que Bosnia firmó una clasificación histórica.
De la gloria al abismo
La eliminación no es un hecho aislado, sino la continuidad de una decadencia prolongada. Desde el título en Copa Mundial de la FIFA Alemania 2006, Italia no ha logrado consolidar un proyecto competitivo sostenido.
En Sudáfrica 2010 y Brasil 2014, la selección no superó la fase de grupos. Luego llegaron los golpes más duros: la eliminación en el repechaje ante Suecia rumbo a Rusia 2018 y la caída frente a Macedonia del Norte antes de Catar 2022. Ahora, Bosnia se suma a esa lista y agrava un ciclo de frustraciones.
El contraste con su historia es contundente. Italia no solo fue campeona del mundo en cuatro ocasiones, sino que durante décadas fue sinónimo de solidez táctica, jerarquía y competitividad. Hoy, en cambio, el equipo evidencia problemas estructurales que van más allá de un resultado puntual.
Críticas generalizadas
La reacción en Italia fue inmediata y contundente. Los principales medios calificaron la eliminación como una “vergüenza” y un “desastre”, apuntando tanto a los jugadores como a la dirigencia.
La Gazzetta dello Sport habló de una “Italia fuera por tercera vez”, mientras que Corriere dello Sport describió el momento como un “fracaso sin precedentes”. En la misma línea, otros diarios señalaron que el fútbol italiano está pagando “años de errores” en la planificación deportiva.
Las críticas también alcanzaron a la gestión técnica y a la falta de renovación efectiva. A pesar de contar con jugadores destacados en las principales ligas europeas, el equipo no logra traducir ese talento en resultados colectivos.
Generación sin Mundial
El golpe también impacta a una generación de futbolistas que se quedará sin disputar el torneo más importante del fútbol. Figuras como Gianluigi Donnarumma, Sandro Tonali, Nicolò Barella y Riccardo Calafiori no estarán presentes en un Mundial que, paradójicamente, contará con 48 selecciones.
El caso de Donnarumma refleja la frustración colectiva. Considerado uno de los mejores arqueros del mundo y campeón de la Eurocopa 2020, no logró evitar la eliminación y tampoco pudo contener penales en la definición.
Un futuro incierto
La nueva ausencia mundialista abre un periodo de reflexión profunda para el fútbol italiano. La crisis no parece responder únicamente a un ciclo deportivo, sino a problemas estructurales que incluyen la formación de jugadores, la competitividad de la liga local y las decisiones dirigenciales.
Italia enfrenta ahora el desafío de reconstruir su identidad y recuperar el nivel que la convirtió en una potencia global. El tiempo apremia y la presión crece, porque el prestigio histórico ya no alcanza para sostener su lugar en la élite.
Mientras tanto, el Mundial de 2026 se jugará sin una de sus selecciones más emblemáticas, confirmando que incluso los gigantes pueden caer cuando los errores se acumulan y las soluciones no llegan a tiempo.

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